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El blog del editor

16.07.2008

Hombre-anuncio

Al principio era el verbo, llamado logos, y después vinieron los anuncios: visite nuestro ambigú, se decía. Esta parece la evolución lógica de la economía de distribución de mercancías (e ilusiones). Arranca el Génesis (1,1): «Al principio creo Elohim los cielos y la tierra. Ahora bien, la tierra era yermo y vacío, y las tinieblas cubrían la superficie del Océano, mientras el espíritu de Elohim se cernía sobre la haz de las aguas». Este comienzo —el cine norteamericano y las fuentes clásicas— anuncia una trama, pensamos en la edad de oro del storytelling, casi una epopeya. Salto en el tiempo y recuerdo a dos cerrajeros, dos analistas del discurso del siglo XIX, Engels y Marx: «La historia de todas las sociedades existentes hasta el presente es la historia de la lucha de clases». La ficción inicial, la aventura de vivir en tierra baldía que prometía acontecimientos, hechos singulares y memorables, deja paso a la realidad: extension du domaine de la lutte. Veamos una serie matemática infinita: esclavos, siervos, asalariados. Hoy, consume o perece, nos presentamos en el escenario como marcas individualizadas. Cada uno vende su fuerza de trabajo —desposeídos, pese a la apariencia y las palabras repetidas, de la identidad de ciudadano—; cada uno ofrece al mercado su capacidad para producir historias (productos) que hagan soñar al prójimo con un abanico multicolor de posibilidades y beneficios. El marketing de las emociones —la infancia y juventud son paraíso y refugio— y la ausencia de política, entendida como lugar del conflicto, hacen el resto. Moisés, con las tablas de la ley en la mano, fue un precursor. El uniforme es mi identidad, mi logotipo.

27.06.2008

Historia de amor

Resulta que a las personas comunes (aquellas cuya vida gira alrededor del sol del trabajo, como escribió Marx) también nos ocurren hechos de apariencia novelesca. Utilizo la palabra «novelesca» sabiendo que, en la actual narrativa española y en cualquiera de sus lenguas y territorios, prima —salvo excepciones— la banalidad y la trepidante acción (modelo teleserie norteamericana) o por mejor decir, lo sensible-sentimental frente a lo real-material, con un tipo de discurso circular y vacío que, lejos de aportar una idea sobre el mundo, un punto de vista, malvive entre personajes trasparentes y conversaciones —de apariencia trascendente— que sólo encierran juegos del ego mercantil (intercambio de emociones o consumo emocional) y tramas rocambolescas (el vizconde Ponson du Terrail y su héroe Rocambole marcando estilo desde el XIX). Ocurrió hace dos noches. Andaba distraído leyendo el desgarrador Olivier Adam y su A la intemperie (El Aleph, 2008), cuando un ruido, algo metálico contra el muro de cristal, me sobresaltó. Una joven y guapa mujer (omitiré descripciones) me miraba con atención. En su mano, el mismo libro. Nuestras miradas se cruzaron con cálida intensidad. Sentí pena y curiosidad. Eran cerca de las tres de la madrugada y su maquillaje denotaba batalla. De no haber sido uno custodio responsable, vigía de occidente menor y asalariado, hubiera salido a su encuentro. Bajé la vista. Volvió el repiqueteo en el cristal. Juana, barrendera del turno de noche, me ofrecía una cerveza. Acepté, claro, pues no es de caballeros (aunque desarmados) rechazar la invitación de una dama nocturna.

10.06.2008

Feriantes sin cabra

Estamos todo el día celebrando. El caso es festejar, gastar los cuatro cuartos que nos quedan y mirar hacia otro lado. Vivimos en ese magma que los sociólogos, cualificados inventores de términos, llaman «cultura del acontecimiento». La enumeración puede ser arbitraria —y lo es— pero no me resisto vista la disparidad: la fiesta de la bicicleta, la apoteosis de la democracia de mercado (las elecciones), la Gay Pride y la Tomatina de Buñol, una exposición de Vermeer o Poussin (con los ancianos haciendo cola, sentados en sillas de playa), el día de la mujer trabajadora y el día mundial contra el tabaco o la esclerosis múltiple, la Copa América (y el Bribón IV) y la Eurocopa y las Olimpíadas y Carlinhos Brown y la «Samba pa Dios» y las Noches culturales en Blanco y la apertura, con pasarela incluida, de un nuevo Guggenheim y los mercadillos gastronómicos medievales con el charcutero y señora disfrazados de Calixto y Melibea. En la época gris (horror, parezco Tolkien), había menos neones y recitábamos letanías. «Tres jueves hay en el año que relucen más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión». Estas semanas, por Madrid, anda el sector cultural revuelto con la Feria del Libro: que si la alegría de la lectura, que si los libros al alcance de todos, que si el contacto directo (y comercial) de los autores (productores) con los lectores (consumidores). A las cabras, animal social, afectuoso y literario, les gusta el papel. Antes era normal su presencia urbana. Acompañaban a los artistas callejeros y al mono recaudador. A Berlusconi, padre padrone de las Mamachichos, no le gustan los gitanos, los monos guardan silencio para que no se les obligue a trabajar y las cabras —incluida la viril legionaria— andan secuestradas, de almacén en almacén, masticando devoluciones. Schlechte Zeit für Lyrik.


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